viernes, 17 de octubre de 2008

El Don

No soy justamente un ser carismático.
Mas cercano a ratón de biblioteca, que a héroe de películas de acción.
Sin embargo, eso de pasar desapercibido para la gente, no ha hecho de mi un sumiso pusilánime, ni un ser cargado de complejos. Por contrario, obligó el desarrolló de un gran poder de observación y análisis.
Casi un don.
Este “don” me permite descubrir miserias, venturas y penas de las personas, instintivamente. Lo que la gente esconde detrás de la fachada. Las vilezas, sueños y perversiones, todo se manifiesta como una revelación ante mí. Solo al enfocar.
Solo observándolos moverse, sus tics, miradas, son datos que decodifico automáticamente.
Pero, también he aprendido que, como todos los dones, exige una gran responsabilidad a la hora de usarlo.
Solo tomo ventaja de ello en casos extremos.

El tren subterráneo esta bastante más concurrido de lo habitual.
Amparado en una presencia transparente, juego el juego que mas me gusta, diría un gran catalán, como forma de hacer entretenido el pesado viaje hasta el trabajo. Desnudo almas.
Identifico una persona cualquiera al azar, y hago una radiografía de su vida y pesares. Pero sin pasión, ni penas. Sin juzgar, solo indago y arribo a esa conclusión... Y creanme, en el correr del tiempo y los ejemplos, jamás me he equivocado.
Obviamente en un subte, no están los casos más brutales, pero alcanza para llenar el espacio hasta el destino.
Ese dia, uno en particular llamo mi atención.
Y no era para menos. Casi mi Némesis.
Sin proponérselo, el hombre llamaba todas las miradas por estampa. El atuendo no era demasiado importante, pero los ángulos rectos de su cuerpo le daban un porte que difícilmente no seria notado.
Parado junto a la puerta, la mirada sin ver, y un gesto pétreo. Parecía ausente, ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Ningún mohín que pudiera permitirme interpretar formas y pensares, ninguna señal a la vista. Nada prepotente en sus ropas y accesorios.
Ni los movimientos vaivén del carro, afectaban su equilibrio.
Primera vez en mi vida que siento la sensación de desnudez que se produce, cuando todo lo aprendido parece no servir. Ya la curiosidad, se transforma paulatinamente en desafió.
El escudo en el blazer, identifica una universidad conocida, especializada en ciencias humanísticas, y el atache, que no es un alumno, sino un profesor o directivo.
Por la forma de pararse, seguramente profesor. Un directivo, se sentiría muy incomodo estando de pie y el desprecio seria elocuente en las miradas.
Jamás esquivo un buen desafió, y es por eso que con una excusa banal me acerco entablando una breve conversación y buscando de encontrar algún indicio extra para mi “investigación”.
Una voz amable contrasta con un gesto casi desinteresado, pero, sin dobles interpretaciones, ni menosprecio alguno. Y es mas extraño aun.
Buena dicción y formas. Cambiamos pocas palabras por cortos minutos.
Un leve moviendo de cabeza a modo de despedida y luego desciende al anden con paso pausado, pero seguro.
Varios días de viajes coincidiendo en el vagón, hacen ya casi cotidianos los saludos y poco a poco, decanta en una rara forma de comunicación. De trato coloquial, sin subestimación, ni prepotencia alguna.
Con el paso del tiempo la confianza gana terreno sobre el anonimato de una manera natural, aunque jamás logre perforar la brutal coraza con la que envolvía sus aspectos de personalidad escondidos en su interior.
Profundas charlas sobre variados temas se mantenían, dia tras dia, ricas en conocimientos y análisis, pero jamás dato alguno de índole personal. Nada que pudiese orientarme sobre alegrías o penas.
Absolutamente nada.
De pronto y sin preaviso, ya no volví a verlo. Sin comentarios, ni de cambios de horarios, trabajo o de forma de movilizarse. Solo desapareció.
El gesto resulto mas extraño que descortés. No debía explicaciones, ni tendría porque darlas, pero las buenas migas que habíamos entablado y considerando modales, hubiesen justificado una mínima despedida.
Sin más datos personales que el escudo de su blazer, pensé en tratar de ubicarlo en esa Universidad, pero sucumbí finalmente a la timidez y la pasividad. Paulatinamente fui volviendo a mis viejos juegos de investigación, ya no tan divertidos, como antes de las buenas charlas.
Han pasado varios meses, y la rutina diaria ha terminado con mi curiosidad.
Es un día como cualquiera, tedioso y pleno de hastío. Por suerte el vagón menos concurrido que de costumbre.
Desde el desinteresado pasaje, una figura inquieta se destaca. Nerviosa indaga persona por persona, cara por cara. Recorre comparando datos adquiridos, como forma de ubicar algo que desconoce.
En un instante recala y fija su atención en mi, no tan agraciada, figura.
Un mujer con gestos obviamente preocupados, raudamente acorta distancias y me habla..
___ ¡Usted debe ser! ¡Necesito hablarle por favor, es urgente!
Rápidamente explica el porque de su búsqueda.
La instantánea reacción es bajar del tren y acompañar su destino.
La habitación del buen hospital, es luminosa y calida.
En el camastro la importante figura del hombre contrasta con los tubos y sondas, que pueblan su cuerpo.
Detrás de la mascara de aire que fuerza la respiración, el gesto simula a una sonrisa y acompañado de un sutil brillo en los ojos, basta para entender que me ha reconocido, además que le es grata mi presencia.
Durante un par de días, acompañé en silencio la convalecencia hasta que dejó de respirar casi con el mismo garbo con el que había nacido naturalmente.
En el mismo preciso instante de su deceso, un impacto me saca de conciencia y ya no recuerdo mas nada.
Ahora, soy yo el que abre los ojos dentro de la habitación del mismo hospital, mientras lentamente recupero la conciencia.
Junto a mí, la mujer, con rictus preocupado, comienza a relajarse y ensaya una leve sonrisa.
No da respuestas, como tampoco las dio al contactarme, o al tratar de saber cual era la razón por la cual se pidió mi presencia. El porque de la importancia de que estuviese tan cerca de ese, casi desconocido hombre, en los instantes previos a su muerte.
Solo desde su cartera, extrae un sobre y lo deja en mis manos.
Apesadumbrada, un mínimo adiós, y se marcha.

En el patio arbolado, los piares suenan de fondo, casi como una cortina musical de alguna película de Hitchcok. Mi tristeza le pone el toque de melodrama total a la escena.
Una y otra vez releo los gráficos de las hojas amarillentas. En cada oportunidad, es más grande mi sorpresa, en paralelo a lo que voy entendiendo.
Un acta con una fecha conocida, denuncia el nacimiento de gemelos.
Otra la defunción de la madre en el mismo momento del parto.
Una constatación de la entrega de ambos bebes a un orfanato, y un par más que certifican las adopciones por separado.
Reconozco los nombres de los adoptantes en una de ellas.
Un cuaderno con memorias, donde este hombre, explica entre tantas cosas de su vida, el sufrimiento y la incapacidad de ser feliz a partir de jamás poder evaluar a persona alguna y ser capaz de descubrir fehacientemente intenciones.
El no poder interpretar jamás afectos y amores.
El sentir atenciones frías, todo el tiempo y jamás estar seguro de nada, ni de nadie. Y el porque de la decisión final de terminar con la imagen, “su imagen”, a costa de su propia vida.
Y entiendo. Finalmente entiendo.
Ya no juego esos “juegos” y no volveré a hacerlo jamás.
No continuaré hurgando vidas y miserias.
No me vestiré de juez y jurado. Ya no más.
Tal ves, ya sea hora de cambiar el trabajo, el vestir y hasta un nuevo corte de cabello.
De comenzar a buscar en mi y para mi. Y de encontrar. De ser feliz, como sea.
De enterrar, por fin y definitivamente....el don.

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